domingo, 26 de abril de 2026

La marca de la bestiaRudyard Kipling


La marca de la bestia
Rudyard Kipling


Traducción: Alfredo Herrera - José María Aroca

Sinopsis: «La marca de la bestia» (The Mark of the Beast) es un cuento de Rudyard Kipling publicado en julio de 1890 en el periódico The Pioneer. Ambientada en la India colonial, narra la extraña historia de Fleete, un inglés que, tras profanar un templo dedicado a Hanuman, el dios mono, es marcado en el pecho por un misterioso leproso conocido como el Hombre de Plata. A medida que la marca en el pecho de Fleete se transforma, él mismo comienza a cambiar de manera alarmante. Sus amigos se esfuerzan por comprender y mejorar su condición, tratando de conciliar la racionalidad occidental con las fuerzas misteriosas de una antigua creencia local.

Rudyard Kipling - La marca de la bestia
La marca de la bestia
Rudyard Kipling
(Cuento completo)



¿Acaso sabemos, tú y yo, si tus dioses son
más poderosos que los míos?
Proverbio indígena

ALGUNAS gentes creen que al este de Suez la Providencia deja de ejercer su control directo sobre los hombres, los cuales pasan a depender de los dioses y de los diablos de Asia. La Providencia (léase Iglesia de Inglaterra), entonces, sólo ejerce una vigilancia ocasional e intrascendente por lo que respecta a los ingleses.

Esa teoría explica algunos de los horrores más absurdos de la vida en la India; y puede al mismo tiempo, ayudar a comprender mi relato.

Mi amigo Strickland, de la Policía, que conoce todo lo que puede saberse acerca de los indígenas de la India, fue testigo de los hechos. Dumoise, nuestro médico, fue asimismo testigo de lo que vimos Strickland y yo. La conclusión que Dumoise extrajo de los hechos fue completamente equivocada. Ahora, está muerto: falleció de un modo muy extraño, que ha sido descrito en otra parte.

Cuando Fleete llegó a la India, poseía algún dinero y un poco de terreno en el Himalaya, cerca de un lugar llamado Dharmsala. Había heredado el dinero y los terrenos de un tío suyo, y fue a tomar posesión de ellos. Era un hombre de alta estatura, gordo, inofensivo y jovial. No conocía a los indígenas, como es natural, y se quejaba de las dificultades del idioma.

Por Año Nuevo, bajó a caballo de su morada en las montañas y acudió a casa de Strickland. La víspera de Año Nuevo se celebró una gran cena, y —cosa comprensible— estuvo abundantemente rociada de alcohol. Una reunión de personas llegadas de los cuatro puntos del Imperio tenía derecho a alegrarse un poco. La frontera nos había enviado un contingente de Catch’em-alive-O’s que no habían visto un rostro blanco en todo el año; hombres acostumbrados a recorrer quince millas a caballo para ir a cenar al fuerte más cercano, desafiando el riesgo de tropezarse con la bala de un khybery. La sensación de seguridad de que ahora gozaban resultaba completamente nueva para ellos y jugaban infantilmente a prendas; uno de los perdedores tuvo que dar la vuelta a la habitación llevando entre sus dientes un erizo hecho una bola que habían encontrado en el jardín. Media docena de colonos llegados del sur charlaban animadamente con el Gran Embustero de Asia, el cual se esforzaba por servirles lo mejor de sus relatos. Todo el mundo estaba allí, como para un «acercamiento» general: el recuento de las pérdidas en camaradas muertos o fuera de combate, caídos en el curso del año que acababa de transcurrir. Fue, desde luego, una velada muy «rociada», y recuerdo que cantamos Auld Lang Syne con los pies metidos dentro de la gran copa del campeonato de polo y la cabeza en las estrellas, jurándonos una amistad sin igual en el mundo. Más tarde, algunos de los que estaban allí se marcharon a conquistar Birmania, otros a abrir el Sudán y a hacerse abrir ellos mismos en canal por los Fuzzies, en ocasión del asalto a las murallas de Souakim. Algunos conquistaron estrellas y medallas; otros se casaron, lo cual no les sirvió para nada; otros hicieron otras cosas de menos importancia aún, y el resto de nosotros seguimos amarrados a nuestras cadenas, tratando de llenar nuestras bolsas demasiado grandes a costa de introducir en ellas experiencias demasiado pequeñas.

Fleete empezó la velada con sherry and bitters, bebió champaña sin interrupción hasta la hora de los postres, los cuales estuvieron acompañados por un Capri seco, que se aferraba a la garganta y era tan fuerte como el whisky; tomó Bénédictine con el café, cuatro o cinco whiskys con soda para amenizar la sobremesa, carne asada y cerveza a las dos y media de la madrugada, y aguardiente para terminar. En consecuencia, cuando salió del club, a las tres y media de la mañana, para enfrentarse con una temperatura de catorce grados bajo cero, se enfadó con su caballo porque el animal tosía, y trató de montarse de un salto: el caballo se encabritó y Fleete dio con sus huesos en el suelo. Visto lo cual, Strickland y yo decidimos formar una guardia de deshonor para acompañar a Fleete a su casa.

Nuestro camino pasaba por delante del pequeño templo de Hanuman, el dios-mono, una divinidad digna de todos los respetos. Todos los dioses tienen sus aspectos buenos, como sucede con todos los sacerdotes. Personalmente, tengo en gran aprecio a Hanuman y me porto lo mejor que puedo con sus súbditos, los grandes monos grises de la montaña. Uno no sabe nunca cuándo podrá tener necesidad de un amigo.

El templo estaba iluminado y, al pasar, pudimos oír las voces de varios hombres que cantaban himnos. En un templo indígena, los sacerdotes se levantan a cualquier hora de la noche para honrar a sus dioses. Antes de que pudiéramos detenerle, Fleete había entrado en el templo, palmeado amistosamente la espalda de dos sacerdotes, y dejado caer la ceniza encendida de su cigarro sobre el ídolo de piedra roja. Strickland trató de arrastrarle hacia fuera, pero Fleete se sentó y dijo, en tono solemne:

—¿Ha visto usted eso? ¡Es la marca de la b… bestia! La he hecho yo. ¿Qué le parece?

El templo se había llenado de desorden y de rumores, y Strickland, que sabía las consecuencias que podía acarrear la profanación de los dioses, declaró que no sería extraño que nos viésemos en un lío. Debido a su posición oficial, al tiempo que llevaba en el país y a su deseo de no indisponerse con los indígenas, la actitud de Fleete no le había gustado ni pizca. Fleete estaba sentado en el suelo y se negaba a moverse. Dijo que «aquel bribón de Hanuman» era una almohada excelente.

De pronto, surgió un hombre por detrás de la imagen del dios. Un Hombre de Plata. Iba desnudo a pesar del intenso frío, y su cuerpo brillaba como la plata escarchada, pues era lo que la Biblia llama «un leproso tan blanco como la nieve». Además, no tenía rostro, ya que era leproso desde hacía muchos años y la enfermedad se le había comido las facciones. Strickland y yo nos inclinamos para ayudar a Fleete a levantarse, en tanto que el templo se iba llenando de gente, como si la multitud surgiera del suelo; pero el Hombre de Plata se deslizó por debajo de nuestros brazos, maullando como un gato salvaje, se dejó caer sobre Fleete y, antes de que pudiéramos apartarlo de allí, colocó su cabeza sobre el pecho de nuestro amigo. Luego se marchó a un rincón y se sentó, maullando, mientras la multitud bloqueaba todas las puertas.

La cólera de los sacerdotes había ido subiendo de punto hasta que el Hombre de Plata tocó a Fleete; aquella caricia pareció calmarles.

Tras un prolongado silencio, uno de los sacerdotes se acercó a Strickland y le dijo, en perfecto inglés:

—Llevaos a vuestro amigo. Él ha terminado con Hanuman, pero Hanuman no ha terminado con él.

La multitud se apartó, y sacamos a Fleete a la calle.

Strickland estaba muy disgustado. Dijo que habíamos corrido un gran peligro, y que Fleete debía agradecer a su buena estrella el haber salido sano y salvo del templo.

Fleete no dio las gracias a nadie. Dijo que quería irse a la cama. Estaba borracho como una cuba.

Seguimos andando en medio de un penoso silencio. De repente, Fleete se vio acometido por unos violentos temblores y empezó a sudar copiosamente. Dijo que el barrio indígena hedía insoportablemente, y que no comprendía cómo autorizaban la existencia de mataderos tan cerca de las viviendas inglesas.

—¿Es que no os da en las narices el olor de la sangre? —nos preguntó.

Finalmente, al romper el día conseguimos meterle en cama. Strickland me invitó a tomar otro whisky. Mientras bebíamos, habló del asunto del templo, y me confesó que le había desconcertado por completo. Strickland sentía un verdadero horror a dejarse engañar por los indígenas, puesto que su finalidad era la de mantener su superioridad sobre aquellas gentes, sirviéndose de sus propias armas. Hasta ahora no lo ha conseguido, pero tal vez dentro de quince o veinte años habrá conseguido algún progreso.

—Tenían que habernos asesinado —dijo—, en vez de maullarnos como gatos. Me pregunto a qué obedeció su conducta. Este asunto no me gusta nada.

Le dije que el Gran Consejo del templo nos denunciaría, seguramente, por ofensas a su religión. El Código Penal hindú incluye un artículo que castiga, precisamente, el delito de que Fleete se había hecho culpable. Strickland declaró que le agradaría muchísimo ver que adoptaban aquella medida, que lo deseaba vivamente. Antes de marcharme, dirigí una última mirada a la habitación donde dormía Fleete y vi que éste se hallaba acostado sobre el lado derecho y que se rascaba el izquierdo. Por fin, a eso de las siete de la mañana, completamente exhausto, pude acostarme.

A la una de la tarde me dirigí a caballo a casa de Strickland para ver cómo seguía Fleete. Suponía que unas horas de sueño habrían disipado los efectos de su borrachera. Fleete estaba almorzando y tenía muy mal aspecto. Se encolerizó con el cocinero porque le había servido la carne demasiado asada. Un hombre que puede comer carne semicruda después de una noche de embriaguez, es un fenómeno. Se lo dije a Fleete, el cual se echó a reír.

—Tienen ustedes aquí unos mosquitos terribles —respondió—. A poco me comen vivo. Pero todos me han picado en el mismo sitio.

—Veamos cómo va eso —dijo Strickland—. La hinchazón ha debido desaparecer ya.

Fleete se desabrochó la camisa y me mostró, en la parte izquierda del pecho, una marca, reproducción exacta de las manchas negras que pueden verse sobre la piel de un leopardo: cinco o seis puntitos negros formando círculo. Strickland los contempló atentamente y dijo:

—Esta mañana eran rojos. Ahora son negros…

Fleete corrió a mirarse a un espejo.

—¡Por Júpiter! —exclamó—. ¡Vaya un fastidio! ¿Qué demonios será esto?

Ni Strickland ni yo pudimos responder. En aquel momento sirvieron la carne, roja y jugosa, y Fleete se sirvió tres trozos con una avidez casi repulsiva.

Comía utilizando solamente las muelas del lado izquierdo, inclinando la cabeza sobre el hombro derecho al tiempo que se llevaba la carne a la boca. Cuando hubo terminado se dio cuenta repentinamente de lo raro que nos había parecido su modo de comer, ya que se disculpó, diciendo:

—Nunca, en toda mi vida, había sentido tanta hambre. He engullido como un avestruz.

Después del almuerzo, Strickland me dijo:

—Le agradeceré que no se marche. Quédese a pasar la noche en mi casa.

Dado que mi casa se hallaba a menos de tres millas de la de Strickland, encontré absurda aquella petición. Pero Strickland insistió, y se disponía a decirme algo cuando Fleete le interrumpió, declarando en tono avergonzado que tenía más hambre. Strickland envió a un hombre a mi casa en busca de mi ropa de cama y un caballo, y luego bajamos los tres hacia las cuadras para entretener el tiempo hasta la hora del paseo. Cuando se tiene afición a los caballos, uno no se cansa nunca de contemplarlos; y dos hombres, matando el tiempo de ese modo, tienen ocasión de intercambiarse un buen número de mentiras y de informaciones.

En las cuadras había cinco caballos, y nunca olvidaré la escena que se desarrolló ante nuestros ojos cuando nos acercamos a los animales. Parecían haber enloquecido de repente. Se alzaban sobre sus patas traseras, relinchando agudamente, temblando y echando espuma por la boca, como si estuvieran aterrorizados. Los caballos de Strickland conocían a su dueño tanto como sus perros, lo cual hacía aún más incomprensible lo que estábamos presenciando. Nos alejamos de allí, temiendo que los animales se dejaran dominar por el pánico. Luego, Strickland me llamó y me acerqué de nuevo a los caballos en su compañía. Las bestias seguían asustadas, pero se dejaron acariciar y apoyaron la cabeza en nuestro pecho.

—No están asustados ni de usted, ni de mí —dijo Strickland—. Daría a gusto tres meses de sueldo por oír hablar a Outrage en este momento.

Pero Outrage permaneció mudo, y se limitó a arrimarse a su dueño y a silbar a través de los ollares, según costumbre en los caballos cuando tratan de explicar algo a sus amos, sin conseguirlo. Fleete volvió a acercarse a nosotros y, en cuanto los caballos le echaron la vista encima, dieron de nuevo grandes muestras de terror. Tuvimos que apartarnos a toda prisa para no ser alcanzados por una coz. Strickland dijo:

—No parece que les sea usted muy simpático, Fleete.

—¡Tonterías! —replicó Fleete—. Mi caballo me sigue a todas partes como un perro.

Se acercó a su cabalgadura, que estaba atada a uno de los pesebres; pero, al ver aproximarse a su dueño, el animal dio un tremendo tirón a la brida, que se rompió por la mitad, y escapó corriendo hacia el jardín. Yo me eché a reír, pero a Strickland no pareció hacerle ni pizca de gracia lo sucedido. Se atusó nerviosamente el largo bigote. En cuanto a Fleete, en vez de correr detrás de su cabalgadura, declaró entre bostezos que tenía mucho sueño. Se marchó a la cama: un bonito modo, a fe mía, de pasar el día de Año Nuevo.

Strickland se sentó a mi lado sobre un pesebre vacío y me preguntó si había observado algo especial en los modales de Fleete. Respondí que le había visto comer como una bestia, pero que ello podía ser el resultado de su existencia solitaria en la montaña, lejos de toda sociedad refinada y superior, del tipo de la nuestra, por ejemplo. Strickland siguió sin ver el lado jocoso de mis palabras. No creo que me escuchase siquiera, pues su frase siguiente se refirió a la marca que Fleete tenía en el pecho; sugerí que podían habérsela producido unos mosquitos cuyas picaduras levantan ampollas en la piel, a menos que fuese una marca de nacimiento, en estado latente hasta entonces, que aparecía por primera vez. Convinimos en que era una marca poco agradable de mirar, y Strickland encontró ocasión para tildarme de idiota.

—No puedo decirle lo que pienso en este momento —declaró—, porque iba usted a creer que me había vuelto loco; pero es preciso que se quede usted en mi casa unos cuantos días, si le es posible. Necesito su ayuda para vigilar a Fleete.

—Esta noche tengo que cenar en el pueblo —objeté.

—También yo —dijo Strickland—, y Fleete. Si es que no cambia de opinión.

Dimos una vuelta por el jardín, fumando, pero sin hablar —el charlar no permite saborear debidamente el buen tabaco—, hasta que nuestras pipas se apagaron. Entonces fuimos a despertar a Fleete. Estaba ya despierto y se paseaba nerviosamente por su habitación.

—¡Bueno, quiero más carne! ¿Es que no es posible obtenerla en esta casa?

Le respondí, riendo:

—Vaya a vestirse, Fleete. Los caballos estarán ensillados dentro de un rato.

—De acuerdo —dijo Fleete—. Saldré cuando me hayan servido la carne… y bien cruda.

Eran las cuatro de la tarde y habíamos comido a la una; a pesar de lo cual, Fleete insistió largo rato en que deseaba comer carne sanguinolenta. Luego se puso el traje de montar y salió a la veranda. Habían ensillado para él uno de los caballos de Strickland, ya que no fue posible volver a capturar el suyo. Cuando nos acercamos a las cabalgaduras ensilladas se pusieron a relinchar y a cocear, locas de terror. Fleete terminó por decir que se quedaba en casa y que iba a pedir algo de comer. Strickland y yo nos marchamos a caballo, muy intrigados. Cuando pasábamos ante el templo de Hanuman, salió el Hombre de Plata y maulló detrás de nosotros.

—Ese hombre no es uno de los sacerdotes del templo —dijo Strickland—. Me gustaría echarle la mano encima.

Aquella tarde, nuestro galope sobre el hipódromo no tuvo la elasticidad de otros días. Los caballos carecían de nervio y parecían estar despeados.

—El susto que recibieron después del almuerzo los ha dejado aplanados —dijo Strickland.

Fue la única observación que hizo durante el resto del paseo. Un par de veces, creo, juró en voz baja; pero eso no cuenta.

Regresamos a casa de Strickland a eso de las siete. A pesar de que había oscurecido, en la casa no brillaba ninguna luz.

—¡Mis criados son unos gandules de tomo y lomo! —exclamó Strickland.

Mi caballo se encabritó ante un objeto apenas visible en la senda enarenada del jardín: era Fleete, que andaba a cuatro patas entre los naranjos enanos.

—¿Qué diablos está usted haciendo ahí? —preguntó Strickland.

Pero los dos caballos salieron disparados y estuvieron a punto de tirarnos al suelo. Echamos pie a tierra cerca de los establos y regresamos al lugar donde se encontraba Fleete.

—¿Qué sucede, Fleete? —volvió a preguntar Strickland.

—Nada, nada en absoluto —respondió Fleete, hablando muy aprisa y con voz pastosa—. Ahora me dedico a la botánica, eso es todo. El olor de la tierra es delicioso… sí, delicioso. Creo que voy a pasearme —un largo paseo— toda la noche.

En aquel momento me di cuenta de que algo no marchaba como debía, y le dije a Strickland:

—Esta noche no voy a cenar al pueblo.

—¡Menos mal! —exclamó Strickland, con expresión de alivio—. Vamos, Fleete, levántese de ahí. Va a pillar una pulmonía. Venga a cenar; mandaremos encender las luces.

Fleete se puso en pie de mala gana y dijo:

—Nada de luces… nada de luces. Se está mucho mejor aquí. Cenemos fuera y pidamos carne. Carne roja, sanguinolenta…

En la India septentrional, las noches del mes de enero son terriblemente frías, y la propuesta de Fleete era la de un loco.

—Entre en casa —dijo Strickland en tono severo—. Entre en seguida con nosotros.

Fleete obedeció, y cuando hubieron traído las lámparas vimos que estaba cubierto de barro de los pies a la cabeza. Debió haberse revolcado por el jardín. Huyó de la luz y se metió en su habitación. Sus ojos tenían una expresión horrible. Lucían una especie de resplandor verdoso que no era, si puedo decirlo así, su «propio» resplandor. Además, su labio inferior aparecía colgante.

Strickland dijo:

—Esta noche vamos a tener jaleo. Temo que va a ocurrir algo grave. Le ruego que no se cambie de ropa.

Aguardamos, indefinidamente, el regreso de Fleete, y entretanto pedimos la cena. Le oíamos ir y venir en su habitación, completamente a oscuras. De repente, surgió de la habitación el prolongado aullido de un lobo.

Se escribe o se dice que la sangre se hiela en las venas, que los cabellos se erizan, y otras frases tópicas por el estilo. Una y otra sensación son demasiado horribles para bromear acerca de ellas. Mi corazón se detuvo como si acabaran de atravesarlo con un cuchillo, y Strickland palideció: su rostro se puso más blanco que el mantel que cubría la mesa.

El aullido se repitió y, allá a lo lejos, a través de los campos, le respondió otro aullido. Era el horror, elevado a su máxima expresión.

Strickland corrió hacia la habitación de Fleete. Le seguí, y encontramos a Fleete a punto de saltar por la ventana. Emitía unos gruñidos bestiales. Fue incapaz de responder a las preguntas que le hicimos. Babeaba.

No recuerdo bien lo que sucedió a continuación, pero creo que Strickland debió aturdir a Fleete golpeándole con algún objeto contundente, sin lo cual yo no hubiera podido sentarme sobre su pecho. Fleete no podía hablar: sólo podía gruñir, y sus gruñidos no eran los de un hombre, sino los de un lobo. Su alma humana debió escapar lentamente de su cuerpo durante todo el día, par