jueves, 1 de agosto de 2013

Te traje la mañana


Te traje la mañana
Marcela VEGA

Ayer ví las estatuas de los próceres, héroes de piel intacta y rictus
serio, siempre enderezados, con amplias espaldas, brazos firmes y
mirada trashumante. Yo no soy un héroe, mi espalda se encorva, me
cuesta tanto trabajo levantarme, quedarme estático y valiente. Yo no
soy un héroe, ¿conoces acaso algún héroe que abra los ojos incrédulo,
cada día, con menos certezas sobre la mesa de noche? ¿Conoces acaso
algún héroe que abra los ojos? Los héroes no tienen que abocarse al
espanto de abrir los ojos cada mañana, los tienen siempre abiertos y
sin pupilas, de manera que si ven, ven tanto que ya ni ven.

Pero yo, que no soy héroe, tardíamente abro los ojos encendidos de
emociones tan variables, abro los ojos por ese deber biológico de ver
las cosas.

Es común que en esa primera irrupción de luz, me resulte poco claro si
estoy sólo o no, hasta el momento en que mi mirada es atravesada por
la respiración de la más fiel de mis amigas, la testigo de mi
envejecimiento, tal vez, la única certeza cierta, pues no se aloja
disparatadamente en una mesita de noche sino en mi cama desde hace más
de cuarenta años. Ella coloca una mano rugosa y gruesa, afable y
amplia sobre mi huesudo hombro, prometiendo con su gesto sostener
algunos años que siento, ya no me quedan.

Dicen los autores épicos, que cuando una persona se entrega a una
causa, casi enceguecido o enceguecida por el ardor de humanidad,
camina por su senda heroicamente, salvando al mundo, denunciando
injusticias, ayudando al débil. Nunca vuelven a cerrar los ojos de
manera que aunque vean, de tanto ver, ya no ven. Yo no soy un héroe,
ni mi vocación me ha enceguecido. Enceguecerce sería una suerte. No
hay mañana en que no sienta ardor en los ojos, por la obligación de
ver. Hoy en particular me arden como quemaduras, los negativos de una
pesadilla impresa en mi retina, la misma de la eterna diáspora a la
que nos arrojó esta opción de vida, ahora pues, sumamente gravosa.

Ayer ví las estatuas de los héroes tan iguales unas a las otras, que
parecían factura del mismo fanático adulador. Me quedé esperando un
parpadeo, una gota de sudor, una mueca de agotamiento debido a la
eterna enderezada posición de la columna. Las estatuas están al pie de
la estación de policía, augustas y despreocupadas del nomadismo, que
sí tenemos que vivir ella y yo, ella, mi mano rugosa y tibia. En esa
visita a la estación, ella, la mano que revitaliza mi hombro en las
mañanas, contenía mi ira e inteligente interrogaba al arrogante señor
emulador de héroes, acerca del paradero de Luisa, Ernestito y Brian… y
Juan José, Ricaurte, Los Gemelos, Richard, María Helena, Santiago,
Pitufo, el negro, Silvana, Antonio, Luis Antonio, Robinson, J, Fermín,
Sandra Milena, Oscar mi pequeño y fiel amigo, Oscar Agudelo y Oscar
Fernández y las niñas de Concepción, ¡ah! Y Manuel, ese magnífico
joven de cabello negro y ojos gigantes que miraba el futuro con
enmarañado acento. Una lista con piernas, torsos, ojos de pánico,
entraban y salían de los camiones una y otra vez recogidos, recogidas,
apaleados, apaleadas, insultados, insultadas, puestos y puestas en
falaces libertades, asesinados, asesinadas, recogidos, recogidas,
apaleados, apaleadas…

No se trata de los acontecimientos que enmarcan un golpe de estado, el
advenimiento de una dictadura, un momento coyuntural. Había sido
nuestra rutina, la de ella, mi mano-memoria y la mía durante más de
tres decenas, buscar jóvenes en las estaciones, en aquel barrio
siempre en guerra, de un país que vivía todos los días un antiguo y
permanente golpe de estado.

Aunque ella, la mano que abriga mis articulaciones inflamadas por la
humedad de aquel barrio improvisadamente ubicado en la montaña,
mencionó únicamente a Luisa, Ernestito y sus pantalones caídos y Brian
y su colección de cacharros descompuestos, de alguna manera jamás
dejaba de mencionarlos a todos y todas. Ella es mi memoria, la
imposibilidad del descuido. Tendríamos que levantarnos, mi
mano-memoria y yo a cumplir con el ritual de ver a los inmóviles
héroes de la estación, que no podían dar cuenta de lo que allí pasaba,
preguntar de nuevo a esos mapas de bronce y mármol lo que la carne y
el hueso uniformado, no se le antojaba responder.

“Yo no soy un héroe” le dije al policía con mi rabia recién desmayada.
“Yo simplemente, esta mañana no quería levantarme más”. Le había
pedido a Dios en un acto paranoico de fe, que agotara mi vida
rápidamente aquella misma noche, para no tener que ver a la mañana
siguiente, los impávidos rostros forjados en bronce, fundidos,
cuarteados que no sabían en qué pantano, al pie de cuál potrero, en
qué zanja estaban Luisa, Ernestito, Brian, (Juan José, Ricaurte, Los
Gemelos, Richard, María Helena, Santiago, Pitufo, el negro, Silvana,
Antonio, Luis Antonio, Robinson, J, Fermín, Sandra Milena, Oscar mi
pequeño y fiel amigo, Oscar Agudelo y Oscar Fernández y las niñas de
Concepción, ¡ah! Y Manuel, ese magnífico joven de cabello negro y ojos
gigantes que miraba el futuro con enmarañado acento) pero que sí les
habían visto entrar vivas y vivos a aquel edificio, como vigilantes
sin lágrimas.

La gente me pide acudir a la estación, porque piensa que soy una
especie de héroe inagotable, protegido por un Dios al que lanzo las
angustias con más fe que razón. Vieron una cruz en mi pecho y pensaron
que mi pecho era inagotable y bondadoso siempre. Pero cuanta
mezquindad me abriga esta mañana en que hubiera preferido morir
retirando el doloroso cáliz de continuar vivo. La gente cree que esta
cruz tan frágil como la cadenita de la que pende me blinda del puñal,
del golpe o de las preguntas sediciosas de los interrogatorios, de la
vista de los inamovibles espantos in-memorian de la estación. Vieron
la cruz y pensaron en una forja de bronce y mármol con una placa de
pequeño y autóctono prócer barrial. ¡Qué cruel es la gente, qué cruel
es la gente!

Ella ha notado mi fastidio y no ha dicho nada, con un gesto sencillo
ha pasado su mano-memoria por mi amargada y rezongona frente y ha
leído en sus pliegues mis pensamientos. Su vigor me sigue amando
aunque mi cuerpo no responda más que a esta mecánica de buscar
muchachos y muchachas en lugares imposibles. A quién se habrán llevado
anoche… no fue a nosostros, a mi mano-memoria, ni a ella ni a mí, ahí
estamos los dos aún ilesos, al menos aparentemente ilesos. Hace años
que no me ofrece un café, pues sabe que lo necesito para seguir vivo,
para obligar a mis ojos a ver, para darle sentido a la luz de la
mañana, así que sin preguntarme, se levanta y pone a calentar el agua
y luego procede a tinturarla con el color de su armónica rebeldía, con
la generosidad de sus arrugas irreverentes.

Ahora que abro por fin los ojos, veo claramente el día en que ella
llegó. En una escena aún áspera que el tiempo no ha logrado pulir, se
hallaba entre la gente corriendo con un montaña de papeles, pinturas,
gritando esperanza por doquier. Un día de caos capaz de inducir mi
juvenil fe al suicidio, la gente se dividía rápidamente en facciones,
afanes y acusaciones. La gente buscaba culpables y los encontraban
entre ellos y ellas mismas. Pero ella, mi mano con pinturas y papeles,
no hacía caso a los dedos acusatorios, ni a la conspiración de los
desanimados y desanimadas, ni a la invitación encubierta de la
retirada. Parecía correr por encima de todo ello, muy atenta, pero sin
detenerse, improvisando una insurrección de la nada. No existía lo que
pudiese escaparse de sus pequeñas y poderosas manos de india, siempre
presentes, siempre batallantes.

Yo no veía Dios alguno que pudiera salvarnos, pero la gente se fijaba
en mi pequeña cruz y pensaba que ese ser aún no encarnado moviéndose
al ritmo de mi corazón asustado, podría responderle la avalancha de
preguntas generadas en medio de tal desastre. Yo no era un héroe,
aunque apostaba a que conseguiría serlo. Era un joven atortolado, a
punto de llorar, desilusionado porque creía que unos cuantos meses de
trabajo debieron bastar para prevenir aquello.

Justo cuando sentí tener el poder de desaparecer, descubrí que ella me
miraba compasiva, me pedía paciencia con sus ojos rasgados y ágiles.
No pude desaparecer, ella me miraba, ella vigilaba mi huída. Se acercó
a cumplir su misión de sacarme del espanto y se hizo las manos mías,
aquellas distintas a las que yo había condenado a los bolsillos. Ella
me salvó, me trajo el amor el día más desamado de mi historia. Ella me
trajo a Dios cuando este se extraviaba entre mi desaliento y mi
temblor, cuando El se desalentaba y temblaba también. Lo que ella hizo
ese día, siguió aconteciendo, vez tras vez durante los últimos
cuarenta años de mi vida, como el milagro que se fabrica en la tierra,
con manos de hombres y mujeres de verdad.

Luego, tan poco cautelosa como han sucedido estos años, viene ella
lacia, con sus manos-memoria, provista de una taza de café oscuro y
llano como sus ojos, aromático como el cabello negro que se conserva
desde su juventud y entonces entiendo que no ha sido el café el que me
permite abrir los ojos. Ha sido ella quien me ha susurrado cada noche,
este, mi vital deber de volver a verla, esta necesidad de despertarme
a su lado, este alivio de encontrar su cuerpo protegiéndome de las
noticias, colocándose entre todo aquello que quebranta mis certezas y
las certeza misma que asecha.

Le escribí con mis ojos cansados, sorprendidos de reparar en la
inconmensurable historia grabada en su cuerpo, la nuestra: “Creyendo
que el amor es un derecho de héroes, me di a la tarea de dejarte sola,
con toda tu inmensidad de humana y aún así, tuve la osadía de
convencerme que sobreviviría. Recuerdo con dolor cuanto tiempo dejé de
saberte. Sí que era un héroe imbécil salvando al mundo, invencible y
sin tu mano, aquella rugosa y tibia, grande, imprescindible. Pensado
que se trataba de mí, creí ser libre para levantarme tantas mañanas al
lado de manos extrañas, hipnotizadas por este desalojo de bronce y
mármol que edifiqué para encantar las almas más inocentes. Pero ahora
que abro los ojos, con tan poca fuerza, con tantas dudas, desgano,
fastidio, sólo tú me salvas, mano-memoria, de caer en la tentación de
perder el mundo. Toda la vida has sido tú y maldigo que nadie,
incluyéndome, lo haya visto”.

Ayer ví a los héroes, próceres inmóviles, instantáneas de un pasado
que no ocurrió, un pasado falseado por los escritores mercenarios del
sistema y decidí no volver a abrir los ojos dolorosos de mi carne,
creí torpemente que lo mejor sería hacer de anoche, mi última noche.

Pero me alertó tu corporeidad asesinando mi cobardía, me sacudió tu
existencia como un golpe en la entraña de mi conciencia. Me dí cuenta
de que toda la vida has sido tú y maldigo que nadie, incluyéndome, lo
haya visto. Hoy decidí ver lo que estaba oculto por una desesperación,
por una fatiga sobrehumana, hoy decidí verte, Sildana, mi preciosa
epifanía de cada mañana. Levántate cuerpo casi inerte, abre esos ojos
de párpados avejentados, vamos a la estación a seguir averiguando por
ellos y ellas en este improviso barrio de la montaña, que mientras
Sildana siga viviendo, compañera, mano-memoria, destructora de héroes,
carne, sangre que habla y recuerda, habrán todas las mañanas del mundo
más allá de que yo pueda presenciarlas. El Cristo que cargo en mi
pecho, eres tu.






Marcela Vega

Colombia

http://servicioskoinonia.org/cuentoscortos/articulo.php?num=057

lunes, 24 de junio de 2013

Cuento corto de García Márquez

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba
resuelto a encontrar los medios para aminorarlos.
Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas

Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a
trabajar.

El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a
jugar a otro lado.

Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle para distraer su atención

De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el
mundo, justo lo que precisaba.

Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: "como te
gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie".
>
Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así.

Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.

"Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo".*
>
Al principio el padre no creyó en el niño!
>*
Pensó que sería imposible que, a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.
Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.

Para su sorpresa, el mapa estaba completo.

Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares.
>*
¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?

De esta manera, el padre preguntó con asombro a su hijo:

Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo lograste?

Papá, respondió el niño; yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo,
vi que del otro lado estaba la figura de un hombre.

Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía cómo era.

*"Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había
arreglado al mundo".

*GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

sábado, 15 de junio de 2013

Como amigos

-Te quiero, pero como amigos.
-¿Comes amigos?
-!no! Tu y yo.
-¿Tu y yo comemos amigos?
-!noo! seamos amigos
-¿y nos comemos...?
-ja ja ja...

Circula en Internet 

sábado, 23 de febrero de 2013

El zorro. G.Jalil Gibrán

El Zorro
Salió, un día, un zorro de su covacha a la salida del sol. Miró a su sombra y dijo: “Hoy almorzaré un camello.” Y se fue en busca de un camello hasta el mediodía, sin dar con su presa. Miró en aquel momento a su sombra y dijo para sí, asombrado: “Bueno, me bastará una rata.”
G.Jalil Gibrán

jueves, 21 de febrero de 2013

Ya ha llegado Matilda. Por Willmouse. Microrrelato de terror.

Ya ha llegado Matilda, por Willmouse
¡Ah, el timbre! ¡Ya ha llegado! ¡Es ella! ¡Matilda! ¡Qué guapa estás! Yo diría que ese vestido rojo te sienta maravillosamente. ¿Te has hecho algo en el pelo? Sí, estás guapísima, como siempre. Me gusta ese perfume nuevo. ¿No traes maleta? Bueno, no importa. Siéntate, siéntate… ¿Quieres un té? Ah, claro, con leche. Y dos terrones de azúcar, ya lo sé… Es maravilloso tenerte de nuevo en casa, Matilda. No sé qué haría sin ti. Esta semana que has estado fuera me he sentido perdido y triste, y apenas he comido nada. Créeme: cuando te llamo “mi vida”, no exagero ni una pizca. ¿Quieres darte un baño? Ah, buena idea. Ahora te llevo toallas limpias. Hay sales perfumadas en la estantería, Matilda. ¿Las ves? Aquí te dejo las toallas… No te quedes dormida en la bañera, que te conozco. Mientras, voy a preparar algo de cena… Oh, vaya, el teléfono. ¿Sí? Dígame. [...] Oh, debe de haberse equivocado, señor. Debe de tratarse de una lamentable confusión. Con toda seguridad no se trata de mi esposa, señor, porque en estos momentos está aquí en casa, dándose un baño… Es un error, señor. Buenas noches. Matilda, acaban de llamar del tanatorio… ¡Qué confusión tan desagradable…! Decían que estabas… ¿Puedo entrar, Matilda? Matilda. Matilda. ¿Estás ahí, Matilda…?

miércoles, 20 de febrero de 2013

HABLABA Y HABLABA - MAX AUB, microrrelato

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

 MAX AUB

martes, 19 de febrero de 2013

Abominable. Fredric Brown, un cuento de ciencia ficcion



Abominable
Sir Chauncey Atherton se despidió de los guías sherpas, que iban a acampar allí y dejarle continuar solo. Estaban en tierras del Abominable Hombre de las Nieves, varios centenares de kilómetros al norte del monte Everest, en el Himalaya. Los Abominables Hombres de las Nieves se habían dejado ver ocasionalmente en el Everest y en otras montañas tibetanas o nepalesas; pero el monte Oblimov, al pie del cual dejaba ahora a sus guías nativos, estaba tan lleno de ellos que ni siquiera los sherpas se atrevían a escalarlo; aunque le aseguraron que esperarían allí su regreso, en el caso de que regresara. Había que ser muy valiente para aventurarse más allá de aquel punto, Sir Chauncey era muy valiente.
Además, era un verdadero perito en cuestión de mujeres, razón por la que se encontraba allí y a punto de intentar, en solitario, no sólo una peligrosa ascensión sino también un rescate aún más peligroso. Si Lola Grabaldi aún vivía, se hallaba en poder de un Abominable Hombre de las Nieves.
Sir Chauncey nunca había visto a Lola Grabaldi en persona. En realidad, hacía menos de un mes que se había enterado de su existencia, al ver la única película cinematográfica que ella había protagonizado, y gracias a la cual se convirtió súbitamente en un personaje legendario, en la mujer más hermosa de la Tierra, en la estrella cinematográfica más encantadora que Italia había engendrado jamás; y sir Chauncey no lograba comprender que siquiera Italia lo hubiera hecho. En una sola película remplazó a la Bardot, la Lollobrigida y la Ekberg como la imagen de la perfección femenina en la mente de todos los peritos del mundo, y sir Chauncey era el mejor perito del mundo. En cuanto la vio en la pantalla, comprendió que debía verla en persona, o morir en el intento.
Pero, entonces, Lola Gabraldi ya había desaparecido. A fin de tomarse unas vacaciones después de su primera película, hizo un viaje a la India y se unió a un grupo de escaladores que pensaban conquistar el monte Oblimov. El resto del grupo había regresado, pero Lola no. Uno de ellos testificó haberla visto, a demasiada distancia para alcanzarla a tiempo, secuestrada, arrastrada a la fuerza por una
peluda criatura, más o menos humana, de casi tres metros de estatura. Un Abominable Hombre de las Nieves. El grupo la había buscado varios días antes de darse por vencidos y regresar a la civilización. Todo el mundo coincidía en afirmar que, ahora, ya no había ninguna posibilidad de encontrarla con vida.
Todo el mundo menos sir Chauncey, que inmediatamente había volado de Inglaterra a la India.
Nada pudo detenerle, y ahora ascendía hacia la región de las nieves eternas. Y, además del equipo de alpinismo, llevaba el pesado rifle con el que, sólo un año antes, había cazado tigres en Bengala. Si el arma podía matar tigres, razonaba, también podía matar Hombres de las Nieves.
La nieve se arremolinaba en torno suyo mientras avanzaba hacia la línea de nubes. De repente, a unos doce metros de él, que era hasta donde su vista alcanzaba, divisó una monstruosa figura que no era totalmente humana. Alzó el rifle y disparó. La figura cayó, y siguió cayendo; se hallaba al borde de un precipicio de varios miles de metros de altura.
Y, en el mismo momento del disparo, unos brazos se cerraron en torno a sir Chauncey. Unos brazos gruesos y peludos. Y después, mientras una mano le inmovilizaba fácilmente, la otra le arrebató el rifle y lo dobló en forma de L con la misma facilidad que si se tratara de un palillo, tirándolo después.
Se oyó una voz procedente de un punto situado a unos sesenta centímetros por encima de su cabeza.
- Estate quieto y no te pasará nada.
Sir Chauncey era un hombre valiente, pero una especie de gemido fue todo lo que pudo articular, pese a la aparente garantía de las palabras. La criatura situada a su espalada le mantenía tan fuertemente apretado contra sí, que no pudo alzar ni volver la mirada para ver que cara tenía.
- Te lo explicaré - dijo la voz a sus espaldas -. Nosotros, a los que llamáis Abominables Hombres de las Nieves, somos humanos, pero transmutados. Hace
muchos siglos formábamos una tribu, igual que los sherpas. Por casualidad descubrimos una droga que nos permitió cambiar físicamente y adaptarnos, gracias a un aumento de estatura, pilosidad y otros cambios fisiológicos, a un frío y una altitud extremos, así como trasladarnos a las montañas, a regiones donde otros no pueden sobrevivir, excepto los pocos días que dura una expedición de alpinismo. ¿Lo entiendes?
- S-s-sí - consiguió articular sir Chauncey. Comenzaba a entrever un rayo de esperanza. ¿Acaso la criatura iba a explicarle estas cosas, si pensara matarle?
- En este caso, continuaré. Nuestro número es reducido, y cada día lo es más. Por esta razón ocasionalmente capturamos, tal como te hemos capturado a ti, a un alpinista. Le damos la droga transmutadora, sufre los cambios fisiológicos y se convierte en uno de nosotros. De este modo mantenemos nuestro número relativamente constante.
- P-pero - balbució sir Chauncey - ¿acaso es eso lo que le ha sucedido a la mujer que estoy buscando, Lola Grabaldi? ¿Acaso es ahora... peluda, de casi tres metros de estatura, y...?
- Lo era. Acabas de matarla. Un miembro de nuestra tribu la había tomado como compañera. No nos vengaremos de ti por haberla matado; pero ahora debes ocupar su lugar.
- ¿Ocupar su lugar? Pero... yo soy un hombre.
- Me alegro de que lo seas - dijo la voz a sus espaldas. Se vio obligado a girar bruscamente, y se encontró frente a un enorme cuerpo peludo, con la cara al mismo nivel de dos montañosos senos peludos -. Me alegro de que lo seas... porque yo soy una Abominable Mujer de la Nieves.
Sir Chauncey se desmayó, siendo inmediatamente recogido y alzado en brazos, con la misma facilidad que si de un osito de juguete se tratara, por su nueva compañera.

FIN

 Fredric Brown