miércoles, 20 de febrero de 2019

Amigo con derechos

AMIGOS CON DERECHOS

Jamás me enamoraría de ti,
estarás muy buena,
serás a toda madre,
c o g e r á s bien rico,
siempre me escuchas
y hasta me haces reír,
y es por eso que mejor te prefiero así,
tan posible como imposible,
tan a la mano como tan codiciada,
con celos sanos y divertidos,
risas furtivas y s e x o casual,
para usarnos y las ganas matar...
a lo mucho una n a l g a d a al terminar,
o decirte de broma al final
"¿cuánto me vas a cobrar?",
para que tu horrenda risa mate las secuelas
de cariño que en el aire queden esparcidas,
y no nos confundamos,
y no terminemos como esos
amantes enamorados,
dando todo el uno por el otro,
abrazados hasta muy noche,
contándose cosas que no deben,
secretos que no tiene que ser escuchados
por las orejas de un amigo con derecho;
si bien te conozco mucho,
sé todo sobre el c a b r ó n que te rompió
y al que tú rompiste;
sé los problemas de tus padres,
tus problemas económicos,
tu fascinación por la lectura,
por el color negro,
los tacones,
las películas con las que lloras
y hasta la fecha de tu periodo,
pero hasta ahí;

no quiero saber con quién hablas
cuando muy de noche sigues en línea,
ni si te acuestas con alguien más
o quedas de verte en el café,
o si sigues rogándole a aquel wey,
y si por algo ves que me estoy
metiendo mucho en estos rollos,
o me estoy encariñando demasiado,
sácame de golpe,
dame un sope,
y búrlate de mí con un comentario sarcástico que se incline por lo que estoy haciendo,
que yo también lo haré contigo,
porque tampoco soy una piedrita,
esto que tenemos es peligroso,
y puede que nos desviemos

Te quiero menos de lo que piensas,
más de lo que imagino;
te quiero como para irnos un viernes,
pero regresar el domingo.
Te quiero para toda la vida,
te quiero mía pero...

sin que estés conmigo.

Texto en facebook de María Celestina Torres.

domingo, 3 de febrero de 2019

El avión de la bella durmiente

El avión de la Bella Durmiente
Doce cuentos peregrinos (1992)

         Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesiá que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambilias. “Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y, desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.
         Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera.
         Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. “Claro que sí”, me dijo. “Los imposibles son los otros”. Siguió con la vista fija en la pantalla,de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no fumar.
         —Me da lo mismo —le dije con toda intención—, siempre que no sea al lado de las once maletas.
         Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
         —Escoja un número —me dijo—: tres, cuatro o siete.
         —Cuatro.
         Su sonrisa tuvo un destello triunfal.
         —En quince años que llevo aquí —dijo—, es el primero que no escoge el siete.
         Marcó en la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
         —¿Hasta cuándo?
         —Hasta que Dios quiera —dijo con su sonrisa. La radio anunció esta mañana que será la nevada más grande del año.
         Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, los vastos sementeras de Roissy devastados por los leones. Después del mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
         Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico, transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar.
         A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
         El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. “Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería”, pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.
         Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
         Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.
         Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiano que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, v aun así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.
         Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
         —A tu salud, bella.
         Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y limpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. “Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados”, pensé, repitiendo en la cresta de espúmas,de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunarl Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia de¡ placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.
         —Quién iba a creerlo —me dije, con el amor propio exacerbado por la champaña—: Yo, anciano japonés a estas alturas.
         Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, Y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del mío yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté de la dicha mezquina de no recogerlos.
         Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran tan terribles los estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volví sobre mis pasos, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
         El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. “Carajo”, me dije, con un gran desprecio. “¡Por qué no nací Tauro!”.
         Despertó sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la amazonia de Nueva York.

Junio 1982.

miércoles, 16 de enero de 2019

Metamorfosis

~Metamorfosis~

  Me miró, sonrió y me preguntó:

-¿por qué eres tan perfecto?

Mantuve su mirada sin pestañear,
encendí un cigarro, suspiré, sonreí
y con una media sonrisa llena de
picardía contesté:

-Hay partes de mi que no quisieras
conocer, puedo asegurarte
que… no soy perfecto.

  Ella abrió sus ojos, un silencio
momentáneo se sentó entre nosotros,
distanciandonos brevemente.

-Sos romántico, atento, dulce,
inteligente, ¡lo que toda mujer
querría  tener! -dijo-.

  Solté el tabaco junto a aquella
verdad que se alojaba oculta en mi pecho,
dejando salir el humo lentamente
por los orificios de mi nariz, mientras
fijamente me adentraba a su mirada
preparando mi respuesta:

-Cuando hay Sol también hay sombras,
cuando hay rosas también hay espinas,
donde hay un doctor Jekyll también
hay un mister Hyde,
cuando hay vida también hay muerte,
nada es absoluto -musité-.

   Lo cierto es que… De día suelo ser
un príncipe, la caballerosidad
y el romanticismo adornan mi carácter,
la ternura y el tono grave y firme
de mi voz denotan seguridad, confianza
y sosiego, mas…

  En las noches todas esas aptitudes
se consumen con el fuego de mis deseos,
la sobriedad se vuelve locura,
la ternura en mi mirada se vuelve lujuria,
el hombre civilizado y elocuente
sufre una metamorfosis…

Convirtiéndome en un animal salvaje,
capaz de devorarte sin quitarte la vida,
capaz de hacerte gritar sin violencia,
tan capaz de consumir las horas
de la oscuridad entre tus muslos,
en una cama desordenada,
desordenada como las ideas que tienes
respecto a mi al estudiarme a primera
vista.

-¿Segura que quieres conocerme
por completo? -le pregunté, mientras
lentamente se acercaba la luna llena-.

Marcos Magallanes

martes, 9 de octubre de 2018

Antigua bendición Nahuatl, escrita en el siglo VII en la región central de México, que trata de perdón, cariño, desapego y liberación

❤️ Yo libero a mis padres de la sensación de que han fallado conmigo...

Yo libero a mis hijos de la necesidad de traer orgullo para mí, que puedan escribir sus propios caminos de acuerdo con sus corazones, que susurran todo el tiempo en sus oídos...

Yo libero a mi pareja de la obligación de completarme. No me falta nada, aprendo con todos los seres todo el tiempo...

Agradezco a mis abuelos y antepasados que se reunieron para que hoy respire la vida...

Los libero de las fallas del pasado y de los deseos que no cumplieron, conscientes de que hicieron lo mejor que pudieron para resolver sus situaciones dentro de la conciencia que tenían en aquel momento...

Yo los honro, los amo y reconozco inocentes...

Yo me desnudo el alma delante de sus ojos, por eso ellos saben que yo no escondo ni debo nada, más que ser fiel a mí mism@ y a mi propia existencia que, caminando con la sabiduría del corazón, soy consciente de que cumplo mi proyecto de vida, libre de lealtades familiares invisibles y visibles que puedan perturbar mi Paz y Felicidad, que son mis únicas responsabilidades.

Yo renuncio al papel de salvador, de ser aquel que une o cumple las expectativas de los demás...

Aprendiendo a través y sólo a través, del AMOR... bendigo mi esencia, mi manera de expresar, aunque alguien no me pueda entender.

Yo me entiendo a mí mism@, porque sólo yo viví y experimenté mi historia; porque me conozco, sé quién soy, lo que siento, lo que hago y por qué lo hago.

Me respeto y me apruebo.

Yo honro la Divinidad en mí y en ti... Somos libres. "

(Antigua bendición Nahuatl, escrita en el siglo VII en la región central de México, que trata de perdón, cariño, desapego y liberación.)

viernes, 5 de octubre de 2018

La habitación 39

MUCHO OJO CON ESTO⚠️ !!!!!! ALERTA

Un hombre muy elegante ingresó a un motel en Veracruz y pidió ver al dueño. Cuando este llegó, comenzó la historia.

- El Cliente: está la habitación 39 vacía?
- dueño: Sí, Señor.
- El Cliente: puedo reservar?
-dueño: por supuesto que puede.
- El Cliente: Gracias.

Antes de ir a la habitación, el cliente le pidió al dueño que le proporcionara un cuchillo negro, un hilo blanco de 39 cm y una naranja 39 G.

El dueño estuvo de acuerdo, pero estaba sorprendido ante las cosas raras que el cliente pidió tener.

El Cliente entró en su habitación, no pidió comida ni nada más.

Por desgracia para el dueño, su oficina estaba al lado de la habitación 39.

Después de la medianoche, el dueño oyó voces extrañas y ruido en la habitación de ese cliente. Voces de animales salvajes y de utensilios y platos tirados en el suelo.

El dueño no durmió esa noche. Él seguía pensando y preguntándose cuál podría ser la fuente del ruido.

Por la mañana, cuando el cliente le entregó las llaves al dueño, este último pidió ver la habitación primero.

Fue a la habitación y lo encontró todo bien. Nada inusual. Incluso encontró el hilo, el cuchillo negro y la naranja en la mesa.

El Cliente pagó la cuenta y le dio a los encargados de limpiar una buena propina y dejó el hotel sonriendo.

El dueño estaba demasiado sorprendido pero no reveló lo que escuchó a los demás trabajadores. De hecho, empezó a dudar de sí mismo.

Después de un año, el cliente apareció de nuevo. Pidió volver a ver al dueño. El jefe estaba en un rompecabezas.

El cliente pidió las mismas cosas: habitación 39, cuchillo negro, hilo blanco 39 cm y una naranja 39 G.

Esta vez, el dueño quería saber la verdad por todos los medios posibles. Pasó una noche sin dormir, esperando que pasara algo. Después de la medianoche, las mismas voces y ruidos comenzaron, esta vez más fuerte y más indescifrable que el año anterior.

De nuevo, antes de irse, el cliente pagó su cuenta y dejó una gran propina en la mesa para los empleados. La sonrisa no le dejó la cara.

El dueño comenzó a buscar el significado de todo lo que el cliente pidió tener. Por qué pidió la habitación 39? Por qué el hilo blanco? Por qué el cuchillo negro??? de hecho, no llegó a ninguna respuesta convincente a todas estas preguntas.

El dueño ahora estaba esperando ansiosamente el mes de Agosto, el mes en el que apareció el cliente.

Para su sorpresa, el primer día de Agosto, apareció el mismo cliente. Él hizo las mismas preguntas. Quería reservar la misma habitación, quería tener las mismas cosas que antes.

El jefe volvió a oír los mismos ruidos, esta vez más fuerte que las veces anteriores.

Por la mañana, cuando el cliente estaba saliendo del hotel, el dueño se disculpó cortésmente con el cliente y pidió conocer el secreto detrás de los ruidos en la habitación.

"Si te digo el secreto, prometes no decírselo a nadie más?''
"Te prometo que nunca voy a dejar que nadie lo sepa
Jamás revelaré tu secreto". Así que, finalmente, el cliente reveló su secreto al dueño.

Desafortunadamente, el dueño era una persona íntegra y hasta ahora no ha revelado el secreto a nadie.

Cuando lo haga, te lo haré saber... Gracias por leer 📖
Recuerda a diario hacer como mínimo 15 minutos de lectura.  👍

UNO SIEMPRE PENSANDO EN USTEDES 😘

Encontrado en cuenta de facebook de Juan Lárraga

domingo, 30 de septiembre de 2018

La poesía y el poema

-Caballero, ¿usted que opina de la poesia?
-Pues la poesia llega a casa, la poesia revisa los cajones, la poesia encuentra drogas, la poesia se lleva a mi primo preso...
-No no, me ha entendido mal, yo le preguntaba po el poema...
--¡¡¡El poema va a ser sacar a mi primo de la carcel!!

Chiste que circula en la red.

martes, 7 de agosto de 2018

Los nadies. Eduardo Galeano. 1940

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de
pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a
cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni
mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho
que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se
levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la
vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la
prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.