lunes, 24 de junio de 2013

Cuento corto de García Márquez

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba
resuelto a encontrar los medios para aminorarlos.
Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas

Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a
trabajar.

El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a
jugar a otro lado.

Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle para distraer su atención

De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el
mundo, justo lo que precisaba.

Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: "como te
gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie".
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Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así.

Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.

"Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo".*
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Al principio el padre no creyó en el niño!
>*
Pensó que sería imposible que, a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.
Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.

Para su sorpresa, el mapa estaba completo.

Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares.
>*
¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?

De esta manera, el padre preguntó con asombro a su hijo:

Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo lograste?

Papá, respondió el niño; yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo,
vi que del otro lado estaba la figura de un hombre.

Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía cómo era.

*"Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había
arreglado al mundo".

*GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

sábado, 15 de junio de 2013

Como amigos

-Te quiero, pero como amigos.
-¿Comes amigos?
-!no! Tu y yo.
-¿Tu y yo comemos amigos?
-!noo! seamos amigos
-¿y nos comemos...?
-ja ja ja...

Circula en Internet 

sábado, 23 de febrero de 2013

El zorro. G.Jalil Gibrán

El Zorro
Salió, un día, un zorro de su covacha a la salida del sol. Miró a su sombra y dijo: “Hoy almorzaré un camello.” Y se fue en busca de un camello hasta el mediodía, sin dar con su presa. Miró en aquel momento a su sombra y dijo para sí, asombrado: “Bueno, me bastará una rata.”
G.Jalil Gibrán

jueves, 21 de febrero de 2013

Ya ha llegado Matilda. Por Willmouse. Microrrelato de terror.

Ya ha llegado Matilda, por Willmouse
¡Ah, el timbre! ¡Ya ha llegado! ¡Es ella! ¡Matilda! ¡Qué guapa estás! Yo diría que ese vestido rojo te sienta maravillosamente. ¿Te has hecho algo en el pelo? Sí, estás guapísima, como siempre. Me gusta ese perfume nuevo. ¿No traes maleta? Bueno, no importa. Siéntate, siéntate… ¿Quieres un té? Ah, claro, con leche. Y dos terrones de azúcar, ya lo sé… Es maravilloso tenerte de nuevo en casa, Matilda. No sé qué haría sin ti. Esta semana que has estado fuera me he sentido perdido y triste, y apenas he comido nada. Créeme: cuando te llamo “mi vida”, no exagero ni una pizca. ¿Quieres darte un baño? Ah, buena idea. Ahora te llevo toallas limpias. Hay sales perfumadas en la estantería, Matilda. ¿Las ves? Aquí te dejo las toallas… No te quedes dormida en la bañera, que te conozco. Mientras, voy a preparar algo de cena… Oh, vaya, el teléfono. ¿Sí? Dígame. [...] Oh, debe de haberse equivocado, señor. Debe de tratarse de una lamentable confusión. Con toda seguridad no se trata de mi esposa, señor, porque en estos momentos está aquí en casa, dándose un baño… Es un error, señor. Buenas noches. Matilda, acaban de llamar del tanatorio… ¡Qué confusión tan desagradable…! Decían que estabas… ¿Puedo entrar, Matilda? Matilda. Matilda. ¿Estás ahí, Matilda…?

miércoles, 20 de febrero de 2013

HABLABA Y HABLABA - MAX AUB, microrrelato

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

 MAX AUB

martes, 19 de febrero de 2013

Abominable. Fredric Brown, un cuento de ciencia ficcion



Abominable
Sir Chauncey Atherton se despidió de los guías sherpas, que iban a acampar allí y dejarle continuar solo. Estaban en tierras del Abominable Hombre de las Nieves, varios centenares de kilómetros al norte del monte Everest, en el Himalaya. Los Abominables Hombres de las Nieves se habían dejado ver ocasionalmente en el Everest y en otras montañas tibetanas o nepalesas; pero el monte Oblimov, al pie del cual dejaba ahora a sus guías nativos, estaba tan lleno de ellos que ni siquiera los sherpas se atrevían a escalarlo; aunque le aseguraron que esperarían allí su regreso, en el caso de que regresara. Había que ser muy valiente para aventurarse más allá de aquel punto, Sir Chauncey era muy valiente.
Además, era un verdadero perito en cuestión de mujeres, razón por la que se encontraba allí y a punto de intentar, en solitario, no sólo una peligrosa ascensión sino también un rescate aún más peligroso. Si Lola Grabaldi aún vivía, se hallaba en poder de un Abominable Hombre de las Nieves.
Sir Chauncey nunca había visto a Lola Grabaldi en persona. En realidad, hacía menos de un mes que se había enterado de su existencia, al ver la única película cinematográfica que ella había protagonizado, y gracias a la cual se convirtió súbitamente en un personaje legendario, en la mujer más hermosa de la Tierra, en la estrella cinematográfica más encantadora que Italia había engendrado jamás; y sir Chauncey no lograba comprender que siquiera Italia lo hubiera hecho. En una sola película remplazó a la Bardot, la Lollobrigida y la Ekberg como la imagen de la perfección femenina en la mente de todos los peritos del mundo, y sir Chauncey era el mejor perito del mundo. En cuanto la vio en la pantalla, comprendió que debía verla en persona, o morir en el intento.
Pero, entonces, Lola Gabraldi ya había desaparecido. A fin de tomarse unas vacaciones después de su primera película, hizo un viaje a la India y se unió a un grupo de escaladores que pensaban conquistar el monte Oblimov. El resto del grupo había regresado, pero Lola no. Uno de ellos testificó haberla visto, a demasiada distancia para alcanzarla a tiempo, secuestrada, arrastrada a la fuerza por una
peluda criatura, más o menos humana, de casi tres metros de estatura. Un Abominable Hombre de las Nieves. El grupo la había buscado varios días antes de darse por vencidos y regresar a la civilización. Todo el mundo coincidía en afirmar que, ahora, ya no había ninguna posibilidad de encontrarla con vida.
Todo el mundo menos sir Chauncey, que inmediatamente había volado de Inglaterra a la India.
Nada pudo detenerle, y ahora ascendía hacia la región de las nieves eternas. Y, además del equipo de alpinismo, llevaba el pesado rifle con el que, sólo un año antes, había cazado tigres en Bengala. Si el arma podía matar tigres, razonaba, también podía matar Hombres de las Nieves.
La nieve se arremolinaba en torno suyo mientras avanzaba hacia la línea de nubes. De repente, a unos doce metros de él, que era hasta donde su vista alcanzaba, divisó una monstruosa figura que no era totalmente humana. Alzó el rifle y disparó. La figura cayó, y siguió cayendo; se hallaba al borde de un precipicio de varios miles de metros de altura.
Y, en el mismo momento del disparo, unos brazos se cerraron en torno a sir Chauncey. Unos brazos gruesos y peludos. Y después, mientras una mano le inmovilizaba fácilmente, la otra le arrebató el rifle y lo dobló en forma de L con la misma facilidad que si se tratara de un palillo, tirándolo después.
Se oyó una voz procedente de un punto situado a unos sesenta centímetros por encima de su cabeza.
- Estate quieto y no te pasará nada.
Sir Chauncey era un hombre valiente, pero una especie de gemido fue todo lo que pudo articular, pese a la aparente garantía de las palabras. La criatura situada a su espalada le mantenía tan fuertemente apretado contra sí, que no pudo alzar ni volver la mirada para ver que cara tenía.
- Te lo explicaré - dijo la voz a sus espaldas -. Nosotros, a los que llamáis Abominables Hombres de las Nieves, somos humanos, pero transmutados. Hace
muchos siglos formábamos una tribu, igual que los sherpas. Por casualidad descubrimos una droga que nos permitió cambiar físicamente y adaptarnos, gracias a un aumento de estatura, pilosidad y otros cambios fisiológicos, a un frío y una altitud extremos, así como trasladarnos a las montañas, a regiones donde otros no pueden sobrevivir, excepto los pocos días que dura una expedición de alpinismo. ¿Lo entiendes?
- S-s-sí - consiguió articular sir Chauncey. Comenzaba a entrever un rayo de esperanza. ¿Acaso la criatura iba a explicarle estas cosas, si pensara matarle?
- En este caso, continuaré. Nuestro número es reducido, y cada día lo es más. Por esta razón ocasionalmente capturamos, tal como te hemos capturado a ti, a un alpinista. Le damos la droga transmutadora, sufre los cambios fisiológicos y se convierte en uno de nosotros. De este modo mantenemos nuestro número relativamente constante.
- P-pero - balbució sir Chauncey - ¿acaso es eso lo que le ha sucedido a la mujer que estoy buscando, Lola Grabaldi? ¿Acaso es ahora... peluda, de casi tres metros de estatura, y...?
- Lo era. Acabas de matarla. Un miembro de nuestra tribu la había tomado como compañera. No nos vengaremos de ti por haberla matado; pero ahora debes ocupar su lugar.
- ¿Ocupar su lugar? Pero... yo soy un hombre.
- Me alegro de que lo seas - dijo la voz a sus espaldas. Se vio obligado a girar bruscamente, y se encontró frente a un enorme cuerpo peludo, con la cara al mismo nivel de dos montañosos senos peludos -. Me alegro de que lo seas... porque yo soy una Abominable Mujer de la Nieves.
Sir Chauncey se desmayó, siendo inmediatamente recogido y alzado en brazos, con la misma facilidad que si de un osito de juguete se tratara, por su nueva compañera.

FIN

 Fredric Brown

domingo, 17 de febrero de 2013

El rito de la vida. Juan Patricio Lobera. Sexto continente.

El rito de la vida

Todo comenzó con una caricia. Muchas veces ese es el final. Sin embargo, a partir del momento en que Rogelio sintió el contacto templado de Estela circular por su cara; desde ese mismo momento, supo que su vida cambiaría para siempre. Se había acabado la rutina perpetua. Quizá la nueva vida no duraría más de unos segundos, pero en su interior supo que ese tiempo junto a ella justificaría toda su existencia. Había sido elegido entre una larga lista de pretendientes para consumar el sacro acto de la vida. No fue fácil. Tuve que luchar contra varios machos, pero desde que sentí cómo la mirada de Estela se clavaba en mis ojos, supe que ella no quería a otro como compañero. Ella era la reina de la fiesta y los demás teníamos el deber de obedecerla y batirnos por ella. La verdad es que tuve suerte en el reparto de los contendientes y aquellos que se sintieron con derechos naturales, por ser más fuertes a simple vista y gallardos, recibieron un desaliento tal por parte de ella que aun se escuecen de la herida. Ahora ha llegado el momento de la verdad. La rodeo sin perderla de vista tal y como mi instinto me dice. Al menor descuido salto sobre su espalda para unir nuestras extremidades y finalmente fusiono nuestros genitales. Todos creen que esta última tarea es fácil, pero pocos saben que la procreación no será si no logro aguantar un par de horas en esta posición, mientras que Estela se siente ultrajada  e intenta a cualquier precio despegarme de su ser. Es cómo bailar a ciegas en una hoja. A pesar de la oposición cómplice de mi amiga consigo mantenerme hasta que siento gozoso cómo se derraman en su interior los espermatóforos. Ahora que he asegurado la siguiente generación de mantis religiosas, puedo morir tránquilo. Si Estela me come no le guardaré ningún rencor.
Juan Patricio Lombera